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Nos vendieron los Gripen más caros. Y aquí está el porqué.

5 ago
7 min de lectura

Por wmb.


Durante semanas he visto la misma polémica repetida una y otra vez: que Colombia compró los cazas Gripen mucho más caros que otros países y que, por esa sola razón, alguien se robó la plata.

 

Como el tema se ha convertido más en un debate político que técnico, decidí revisar la información disponible sobre el contrato, las compensaciones industriales y la forma en que normalmente se negocian este tipo de adquisiciones militares. Y después de hacerlo, creo que hay dos maneras de responder esta discusión.

 

La primera explicación está dirigida para quien ya tiene una conclusión tomada desde antes de leer cualquier argumento.

 

1.      Si usted es antipetrista y detesta todo lo que venga de este Gobierno, la respuesta que probablemente quiere escuchar es muy sencilla, y aquí se la doy: Petro y la esposa se robaron la plata, hubo corrupción, todo fue un negocio oscuro, todo es culpa de Petro. Si esa es la explicación que usted ya decidió creer sin importar la evidencia, seguramente esta respuesta será suficiente y coincidirá con lo que ya pensaba desde el principio. No siga leyendo esta columna o se va a molestar.

 

Ahora viene la segunda explicación.

 

Si usted tiene criterio propio, no se queda con lo que le mandan por whatsapp en su grupo de defensores de la patria o con lo que publica su página o su influencer favorito que destila veneno por los poros. y no está enceguecido por ninguna posición política, ni de izquierda ni de derecha, habrá buscado más información, y vale la pena analizar el asunto con un poco más de profundidad.

 

Antes de explicarlo, debo decir algo que realmente me preocupa:

 

Me sorprende que incluso personas que pertenecen a grupos de aeronáutica, que hablan de aviación todos los días y que presumen conocer del tema, desconozcan por completo cómo funcionan este tipo de compras militares y terminen repitiendo exactamente los mismos argumentos simplistas que circulan en redes sociales.

 

Pero esto es más delicado: lo complicado de todo esto es que cuando alguien presenta información que contradice una idea que usted ha defendido durante meses o años, muchas veces usted lo interpreta como un ataque personal. Aceptar esa información significaría reconocer que usted estuvo equivocado, y eso no lo va a aceptar.

 

El fanatismo tiene ese problema: cuando el odio entra en una discusión, la objetividad sale por la puerta.

 

Entonces aparece alguien con argumentos, con contexto o con datos, y en lugar de debatir las ideas, lo primero que hacen es atacar a quien las expone. Exactamente lo que seguramente ocurrirá con esta columna.

 

Ahora sí, vayamos al punto:

 

2.      Imagine que usted entra a comprar una hamburguesa.

 

En el primer local cuesta 15.000 pesos.

En el segundo cuesta 25.000.

 

Usted inmediatamente concluye que en el segundo lo están robando. Pero resulta que la hamburguesa de 25.000 viene en combo: incluye papas, gaseosa y otros beneficios que la primera no tiene.

 

¿Siguen siendo hamburguesas? Sí. ¿Cuestan diferente? También. ¿La diferencia significa automáticamente que hubo un robo? No.

 

Exactamente eso ocurre con los Gripen.

 

Y aquí es donde mucha gente pierde de vista lo más importante: no estamos hablando únicamente de un avión, sino de soberanía operativa.

 

Estamos acostumbrados a depender de plataformas estadounidenses, y no es un tema ideológico, es un tema técnico. En el pasado, con los aviones que se nos ofrecían desde Estados Unidos, no solo comprábamos la aeronave, sino también el software que la controla. Y ese software no era nuestro. Seguía siendo del fabricante. En la práctica, eso significa que para operar el sistema, incluso en escenarios críticos, se depende de autorizaciones externas.

 

Eso, en términos militares, es una limitación enorme.

 

Porque en una situación de conflicto —sea contra el narcotráfico, contra una amenaza interna o incluso contra un eventual país vecino— la pregunta no es solo si el avión vuela, sino quién decide cuándo y cómo se usa.

 

Con los Gripen, eso es distinto.

 

El sistema permite operar las aeronaves sin depender de permisos externos para su activación o uso. En otras palabras, Colombia no tiene que pedirle autorización a otro país para encender sus propios aviones de combate. Y eso, aunque suene simple, es una diferencia estratégica gigantesca.

 

Porque en una guerra no se puede estar consultando a terceros si se puede o no ejecutar una operación. Y mucho menos se puede poner la seguridad nacional en manos de un software controlado por otro Estado, que además puede tener intereses políticos distintos a los nuestros.

 

Eso es soberanía.

 

En este proceso también se evaluaron otras plataformas como el Dassault Rafale francés y el F-16 estadounidense, que históricamente ha sido uno de los cazas más ofrecidos por Washington a distintos países. La decisión final no la toma un solo actor aislado, sino un proceso en el que participan las Fuerzas Militares, el Gobierno Nacional y los equipos técnicos encargados de evaluar capacidades, sostenimiento, interoperabilidad y autonomía operativa. Y en ese análisis, se optó por el Gripen.

 

Es importante decirlo con claridad: Estados Unidos, en este tipo de negociaciones, normalmente no ofrece aeronaves completamente nuevas a países como Colombia, sino plataformas usadas o con restricciones operativas y de actualización, precisamente por razones estratégicas. No es un secreto que las grandes potencias cuidan celosamente la tecnología militar de última generación y su transferencia está altamente controlada.

 

Por eso la discusión no puede reducirse a “cuál era más barato”, sino a qué nivel de independencia real ofrecía cada sistema. Y en ese punto, la diferencia es profunda. No se trata solo de volar un avión, sino de tener control sobre su mantenimiento, su software, su actualización y su uso sin depender de autorizaciones externas.

 

Y aquí hay algo que debe decirse con total contundencia: las Fuerzas Armadas de Colombia merecen operar con dignidad tecnológica. Merecen equipos modernos, con capacidad real de respuesta, sin ataduras operativas que condicionen su actuación. Quienes han estado dispuestos a dar la vida por este país no pueden depender de sistemas que limiten su capacidad de decisión en momentos críticos. Pensar lo contrario no es una postura técnica, es una falta de reconocimiento al valor y al profesionalismo de nuestras fuerzas militares.

 

Ahora, muchos países compraron únicamente el avión. Colombia negoció mucho más que un avión. La diferencia más importante está en la transferencia de conocimiento y de capacidades.

 

Mientras que otros operadores dependen del fabricante para realizar buena parte del mantenimiento, Colombia negoció la capacitación de personal colombiano para realizar ese trabajo en el país.

 

Traducido a un ejemplo cotidiano: es como comprar un carro y tener que llevarlo toda la vida al concesionario en otro país para cada reparación. Nosotros negociamos aprender a reparar ese carro aquí mismo. Eso significa formar ingenieros, técnicos y especialistas colombianos. Significa crear capacidad nacional.

 

Significa que el mantenimiento podrá realizarse en Colombia, muy probablemente desde instalaciones de la Fuerza Aeroespacial Colombiana, reduciendo costos logísticos, tiempos de inmovilización y dependencia del fabricante.

 

Eso también significa empleo para colombianos.

No para técnicos en Suecia.

No para técnicos en Brasil.

Para COLOMBIANOS.

 

Y, sinceramente, no entiendo cómo alguien puede oponerse a que el país desarrolle esa capacidad, más aún cuando Colombia ya tiene experiencia en mantenimiento aeronáutico de alto nivel.

 

En el aeropuerto El Dorado opera un centro de mantenimiento especializado para aeronaves ATR que presta servicios no solamente a operadores nacionales sino también internacionales.

 

En Rionegro existen centros de mantenimiento certificados que realizan trabajos de gran complejidad para aeronaves de aerolíneas extranjeras, incluyendo aviones de United Airlines.

 

Eso demuestra que en Colombia sí existe talento humano capaz de realizar trabajos aeronáuticos de primer nivel.

 

Con los Gripen sucede exactamente la misma lógica.

 

No solamente se compra un avión.

Se compra conocimiento.

Se compra independencia técnica.

Se compra capacidad industrial.

 

Y eso vale plata, porque así mucha gente no lo quiera aceptar por fanatismos políticos, nos vamos a ahorrar un muy buen dinero cada vez que una máquina de estas necesite mantenimiento.

 

Pero además hubo otro componente importante de la negociación: las compensaciones industriales, conocidas internacionalmente como offsets.

 

En este tipo de contratos es habitual que el fabricante se comprometa a realizar inversiones o generar beneficios para el país comprador.

 

En el caso colombiano, Saab anunció compromisos orientados a la transferencia tecnológica, cooperación con la industria nacional, programas de formación de talento, apoyo al desarrollo del sector aeroespacial colombiano y proyectos de innovación con universidades y empresas nacionales. Ese tipo de compensaciones también tiene un valor económico y forma parte del paquete negociado, aunque no siempre sea visible cuando alguien compara únicamente el precio del avión.

 

En otras palabras, dentro del mismo acuerdo no solo vienen los aviones, sino también un paquete completo de beneficios tecnológicos, entrenamiento de personal colombiano, fortalecimiento de capacidades locales y la posibilidad de desarrollar infraestructura certificada para mantenimiento de aeronaves de combate en el país. Son tres grandes componentes que rara vez se mencionan cuando se reduce todo a una cifra.

 

Por eso comparar el precio unitario de un Gripen colombiano con el de otro país sin mirar qué incluye cada negociación es un error técnico. Es como comparar únicamente el precio de la hamburguesa sin revisar qué trae el combo.

 

Finalmente, quiero decir algo que muy poca gente parece entender:

 

Los contratos militares de esta magnitud no suelen publicarse con lujo de detalles. No porque necesariamente exista corrupción, sino porque contienen información estratégica relacionada con capacidades militares, sistemas, armamento, entrenamiento, logística y defensa nacional.

 

Eso ocurre en Colombia y ocurre en prácticamente cualquier país del mundo.

 

Por esa razón, NADIE puede mostrar un contrato completo que detalle cada cláusula de esta negociación. Tampoco quienes afirman que "solo compramos los aviones y nos robaron" pueden mostrar un contrato que respalde esa afirmación.

 

Lo que sí se conoce públicamente es que el paquete incluye 17 aeronaves, de las cuales dos son biplaza, diseñadas específicamente para el entrenamiento y la formación de nuevos pilotos, mientras que las otras quince corresponden a la versión monoplaza de combate.

 

Las aeronaves biplaza tienen un costo superior al de la versión monoplaza. Sin embargo, resulta llamativo ver cómo algunas personas toman el precio de uno de estos modelos de entrenamiento y lo comparan con el valor al que otros países adquirieron la versión monoplaza. Esa comparación es absurda y conduce a conclusiones engañosas. Es en ese punto donde se evidencia un sesgo: muchas personas terminan repitiendo por repetir cosas sin sentido y esa es la narrativa que están propagando.

 

En conclusión, Si podemos discutir si el Gripen era o no la mejor elección. También podemos debatir si había mejores opciones. Podemos cuestionar la negociación. Eso hace parte de una democracia. Y es totalmente válido que alguien piense que no es una buena compra, o que es costosa. También es respetable. Yo no estoy aquí para defender a ningún gobierno ni para imponer una verdad absoluta. Cada quien puede tener su opinión.

 

Lo que no deberíamos hacer es reducir un tema tan complejo a un simple "costó más, luego alguien se robó la plata".

 

Porque esa conclusión ignora la soberanía, ignora el software, ignora la transferencia tecnológica, ignora la formación de talento colombiano e ignora el paquete completo que se negoció.

 

La aviación militar merece debates técnicos, no discusiones de hinchas políticos.

 

Y ojalá algún día aprendamos a reconocer que cambiar de opinión cuando aparecen mejores argumentos no es una derrota. Es una muestra de inteligencia. Porque no se trata de defender políticos. Se trata de defender la verdad, aunque esa verdad contradiga lo que siempre creímos.

 

Para amar la aviación, hay que entenderla. Voxavia.



 
 
 

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